Hay dos tipos de fe: pasiva y agresiva. Pasiva es esa fe en la que, incluso creyendo en Dios, la persona acepta el fracaso y la derrota. Y esto ocurre porque, de hecho, no cree que Dios pueda sacarla de esa situación. Este tipo de fe trae esperanza de que algún día la situación cambiará, pero no es suficiente para que eso ocurra. De este modo, la persona acepta los problemas. Sin embargo, esta fe no agrada a Dios, porque es una fe religiosa, indefinida y acomodada.
La fe agresiva y valiente, es la que Dios quiere que tengamos. Es la que cobra de Él lo prometido en Su Palabra. Esta fe es sincera y auténtica.
También está la fe temiente a Dios, que fue demostrada por un centurión de Cafarnaúm. Tenía un siervo que estaba paralitico, sufriendo terriblemente al borde de la muerte. Fue entonces cuando pidió a sus siervos que vinieran a hablar con Jesús sobre él, porque pensaba que no era digno de venir a Él (Lucas 7:1-10). Es decir: es una fe humilde y temerosa de Dios.
Este tipo de fe, por supuesto, agrada a Dios tanto como la fe indignada. Son diferentes tipos de fe, pero verdaderas y auténticas. Dios quiere autenticidad y transparencia. No quiere una fe inventada o fingida, porque ya conoce las entrañas de cada uno de nosotros.
Por lo tanto, evalúa tu fe. Mira si no has sido una persona de fe religiosa que vive solo para administrar sus propias malezas. Al fin y al cabo, la fe que tenemos define cómo será nuestra vida, y no podemos reclamar con Dios sobre ella.
La Santa Biblia confirma: «Y sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es remunerador de los que le buscan.» (Hebreos 11:6).
Por lo tanto, es esencial que tengas una fe agresiva, porque, además de demostrar que crees verdaderamente en Dios, es a través de ella que alcanzas la manifestación del Altísimo y la salvación eterna de tu alma.
Obispo Edir Macedo







