Muchas personas caminan por la vida cargando heridas profundas: abandono, rechazo, abusos, pérdidas o traiciones. Sin darse cuenta, ese dolor echa raíces, afecta sus emociones y moldea su forma de pensar y de creer.
El verdadero peligro es que, cuando el dolor no sana, nos vuelve vulnerables. Y es precisamente en esa vulnerabilidad donde enfrentamos una decisión crucial: ¿a quién vamos a servir?
¿A Dios o al diablo?
Cuando dejamos que el dolor nos domine:
- Nos ponemos a la defensiva y justificamos malas actitudes: «Traiciono antes de que me traicionen».
- Nos volvemos esclavos de la victimización, el resentimiento y la amargura.
- Confundimos nuestros sentimientos con supuestos «derechos» para actuar mal.
El dolor es una señal de que algo no está bien en nuestro interior. Nos muestra que hay heridas que necesitan ser sanadas.
También nos hace ver que nuestras propias fuerzas y razonamientos no son suficientes, y que necesitamos a Dios.
Servir a Dios no es una emoción; es una decisión inteligente.
Reconocer
Aceptar que solos no podemos y que necesitamos de Dios.
Confesar y soltar
Confesar el pecado o el rencor que hemos guardado en nuestro corazón.
«Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano. (Selah). Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: «Confesaré mis transgresiones al Señor»; y tú perdonaste la culpa de mi pecado. (Selah).»
Salmo 32:3-5 (LBLA)
Actuar con justicia, misericordia y fidelidad
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos más importantes de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas son las cosas que debíais haber practicado, sin descuidar las otras.»
Mateo 23:23 (LBLA)
Al final, el dolor que estás atravesando revela:
🔹 Qué tipo de relación tienes con Dios.
🔹 Qué tipo de fe tienes: ¿una fe emocional o una fe inteligente?
🔹 Quién ocupa el primer lugar en tu vida.
No permitas que el dolor decida tu futuro. Entrégale tu alma a Dios y encuentra en Él la verdadera fortaleza.
«No os entristezcáis, porque la alegría del Señor es vuestra fortaleza.»
Nehemías 8:10 (LBLA)












